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El gesto de una Victoria para Huelva

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Como la leve brisa que levanta el vuelo al acercarse a la orilla, como el primer susurro al oído de la mujer que tantas veces había soñado; el bello secreto desvelado, discreto, en la intimidad de una multitud, el beso inocente de dos jóvenes que sellaron aquella tarde su amor o el nervio de quien se acerca a la amada buscando un gesto cómplice que le haga revolver el corazón. Fue la palabra que tantas veces pensó que le diría cuando estuvieran a solas pero que nunca pudo pronunciar, la sonrisa inquieta como de quien agarra a la novia en el altar, el pulso que dispara los elementos de la pasión, el crujir de la piel al rozar la suya o el lamento de haber perdido tanta vida sin haberla conocido antes.

Sólo una simple caricia en su rostro bastó. No hizo falta más que un gesto en sus mejillas para que a Huelva le cosquilleara el alma a esa hora de la tarde. En los pliegues de aquella piel iban tejidos los labios de todos los que alguna vez en esta tierra pronunciaron su nombre, los que evocaron su rostro al caer la tarde de sus vidas, aquellos que la buscaron por los callejones de su existencia para que los llenara de luz, los que al mirarla sentían todo el azul del cielo en sus adentros, los que abrían las cancelas de sus entrañas para decirte guapa, los mismos que ponían en sus manos las joyas del alma de su madre y su abuela, los que prendían de su cuerpo los luceros de oro del firmamento de su padre y los que vivieron para amarte sin más horizonte que el de tus ojos. “Esos ojos, tus ojos, ¡Ay tus ojos, Victoria!”

Sólo una ingenua caricia sirvió para que, a esa misma hora, los esteros de la eternidad agitaran enloquecidas las aguas, un arrebato de locura de todas las aves del cielo de Huelva que volaron prendidas de amor al encuentro con Ella, un ciclón de colores que fue su cara al rodearla el sol que la vistió, un aluvión de flores que brotaban de las alturas, allí donde los cabezos unen la tierra y la gloria para que al onubense no le falte nunca el perfil de su rostro al levantarse cada mañana.

Todo esto y un universo de sentimientos en cada persona fue lo que aquella tarde, a esa misma hora, una caricia provocó en Huelva. Aquel 5 de mayo, no hubo tarde ni noche, no existió el tiempo ni el aire, sólo estuvo Ella. No hubo ciudad ni calles. Aquella tarde nada fue igual, porque sólo la Victoria, con corona de oro ceñida de sus sienes, llenó de vida a toda la Tierra entera.

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