Hermandades

¿Nos queda emoción en las cofradías?

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La Semana Santa es ese anhelo que se sueña por los sentidos y los sentimientos. Una emoción que brota para quedarse desde la más tierna infancia y que crece en intensidad precisamente porque nace nueva cada primavera. Sin embargo, en los últimos años corremos el riesgo de no renovar esa ilusión que hacía que cada Semana Santa fuese distinta. Nos hemos empeñado en que aquello que era mágico porque era diferente se convierta en un monótono repaso de las mismas escenas bajo un guión ya escrito y revisado por todos los actores de la escena. Hemos preferido encasillar lo que se lleva a mantener nuestra identidad sobre todas las cosas. En algunos casos nunca la hubo, pero en otros sí, y además con una intensidad que hicieron de aquellas formas el impulso necesario para ser lo que hoy son algunas cofradías.

Eran otros tiempos, ahora sabemos todo lo que va a pasar a lo largo de una estación de penitencia, tanto que hasta cualquier día se publicará el texto de la saeta previa a que el ‘cantaor’ la interprete o el nombre del patero, a modo de alineación futbolística, que va a dar la vuelta en cada una de las esquinas. Todo se ha querido medir tanto que se acabó, salvo muy contadas excepciones, el bello de punta en la calle que no esperabas encontrarte con el momento único, la emoción rebosando en una esquina en la que el paso no hizo falta tenerlo 16 minutos dando la revirá para que aquello fuera hermoso hasta reventar, la sonrisa ante la espeluznante interpretación de una marcha que sonó en las paredes del alma….

Pero todo esto resulta hoy harto complicado, precisamente porque quienes tienen que dar mística realidad a la existencia de las cofradías son los que quieren que se sepa todo para que la oposición y todos los ‘kofrades’ sepan del espectáculo tan maravilloso que da su hermandad en la calle y, evidentemente, los medios de comunicación. No hacemos las cosas porque nos salga del alma, sino para que salgan.

¡Y qué difícil es pellizcarte la piel con el andar de un paso! Ese caminar personal que no entienda de modas dictadas por unos pocos y que cobijen la esencia de lo que hizo grande a la Semana Santa. Salvo honrosas excepciones sabemos el andar y lo que va a hacer un paso en la calle y en todas las esquinas que se encuentre(o pseudoesquinas) durante su salida.

Se acabó la espontaneidad, casi nada nos sorprende. Hacemos de nuestra Semana Santa algo monótono. ¡Y esto es emoción! ¡Claro que lo es! No hubiese llegado jamás a nosotros esto si no nos zamarrearan el pecho los sentimientos cada vez que un paso se pone en la calle. Y nos desborda la emoción y el gozo porque allí está la imagen con la que aprendimos a rezar, a la que rezarosn nuestros padre, abuelos e hijos; la imagen por la que daríamos la vida para demostrar nuestra Fe sin miedos en la calle, la que no escondemos sino que mostramos sin reparos. Pero también porque todo lo que le rodea es el paraíso del arte andaluz, la mano de Dios recreada en la madera, en los bordados, en la orfebrería, en la música, en las túnicas de los nazarenos y hasta en el botijo y la escalera. Es un todo. Y al todo no se le puede maniatar ni encorsetar. Hay que dejar volar la esencia de lo que nadie espera, dejar que todo surja, incluso para las juntas de gobierno o grupos organizados para la puesta en escena. Dejemos que la cofradía nos sorprenda, porque la belleza sola busca el nido donde parir la gracia y el arte.

No tengamos miedo a contradecir las normas del andar, de la música, de lo políticamente correcto. No seamos una consecución de la sociedad miedosa en la que vivimos donde nos dicen qué es lo que está bien y lo que está mal según interese a determinados sectores ávidos de quedarse con todo y someternos a su régimen. En la Semana Santa el único régimen es el del amor a Dios sobre todas las cosas y ni miembros de juntas ni costaleros ni capataces ni músicos ni nazarenos están por encima de la verdad de las cofradías. Aunque alguno se empeñe en ser eterno y empujar a todo el que cree que le hace sombra al abismo, no lo será. Y caerá. Como han caído todos. Las llaves se llevan un tiempo, mientras se puede, pero después se termina entregando si no se quiere de verdad el bien para la cofradía, sino el ‘tejemaneje’ personal de una institución.

Vamos a ser nosotros, sin complejos. Vamos a envolver de ese halo único que fuimos capaces de crear hace siglos y que hemos ido evolucionando hasta llegar a la perfección estética y mística.

Las cofradías no son patrimonio de nadie, son del Señor y de la Virgen, y por tanto no están creadas  desde la concepción humana sino desde las alturas. Por tanto, encorsetarlas a nuestro triste parecer será cualquier otra cosa menos Semana Santa. Vamos a dejarnos sorprender, “¡No tengáis miedo!”

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