Hermandades

¿Y tú a qué vienes, a trabajar o a poner dinero?

nazarenos-victoria

Así de entrada este título parece duro, frío, demasiado áspero para recibirte en una hermandad, quizás pensará más de uno. Posiblemente es la frase que menos  se espera cuando uno llega con la carita envuelta en la pubertad de las hermandades o ya curtido en una nómina de hermanos, aunque sin haber tocado ni con la yema de sus dedos el trabajo dentro de ellas. Esta frase la escuché de boca de uno de esos cofrades a los que la gloria le tuvo que tener guardado un rinconcito envuelto de tela de sarga azul y bordados de Esperanza Elena Caro en las cortinas de una ventana cuya eternidad daba a la cara de la Victoria. Fue en su última entrevista con vida, en la misma que me confesó que no se había comprado el chaqué porque a pesar de faltar tan solo unos meses, no vería la Coronación de su Virgen, como así tristemente fue. Estaba sentado en su butaca, rodeado de recuerdos imborrables junto a la pasión de su vida, pero también marcado en el rostro con el paso del tiempo y del trabajo. Era Don José Peguero, el mismo que me reconoció que aquella frase hiciera que muchos lo sentenciaran para la posteridad por su rectitud en este tipo de situaciones. Y yo, sin embargo, lo veo como una muestra de amor infinita a su hermandad. Porque posiblemente habría muchas formas de decirlo, con más o menos gracia, con suavidad o dejándolo caer, pero lo que no cabe duda es que si esto se cumplía, allí se quedaban los que de verdad les importaba esto.

Hemos llegado a un punto donde resulta cada día más difícil convencer a un chaval que primero hay que empezar por coger la bayeta, escuchar y mancharse las manos de negro. Que el fin último no es cumplir 18 años para coger un costal y encontrarse toda la cofradía dispuesta para que él salga, camiseta de tirillas incluida, dichoso bajo su paso. Que hay que leer mucho y comprender que los pasos no salen para ‘uno solo’ o una vuelta eterna que mate al hermano que compone su cofradía. Qué teóricos somos todos, ahora hay que hacerlo. Que el dinero no cae del cielo y que ha habido que trabajar mucho para que él se encuentre su hermandad tal y como hoy la concibe.

Pero resulta que es igual de complicado que explicarle a los adultos que esto no consiste en estar veinte años seguidos en una junta de gobierno si no se aporta nada, que además de sentarse en una mesa de junta hay que doblar la bisagra, intacta en algunos casos a pesar de tantas legislaturas. Que aquí no se termina de aprender jamás, que hay que formarse y que “el siempre se ha hecho así” no equivale a llevar la razón. Que se requiere un mínimo de todo para llevar esto hacia adelante, incluso vestir. Que los cultos tienen un sentido y no se montan solos y que aquí las únicas caras protagonistas van encima de los pasos.

No ser claro en algunos casos o dar pábulo a determinadas actitudes conlleva después a la descomposición de una hermandad y la guerra interminable de clanes y hermanos por interés. Vamos, que ser claros puede evitar muchos disgustos y sinsabores en una cofradía.

Por eso, ahora que empezamos un nuevo curso cofrade seamos consecuentes con el papel de cada uno y no olvidemos que a las cofradías se va a servir y que el que no lo entienda que compre el Recreativo, lo saque de la ruina y salga al palco como un emperador ‘loperiano’. Pero al final ni dinero ni trabajo, sólo despellejar hasta el final de sus días.

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